BIOGRAFÍA DE JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

BIOGRAFÍA DE JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

BIOGRAFÍA DE JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

El venerable doctor José Gregorio Hernández Cisneros nació en Isnotú, una pequeña localidad del estado Trujillo, el 26 de octubre de 1864.

Murió el 29 de junio de 1919.

Para ese momento, Venezuela apenas se estaba recuperando de una cruenta Guerra Federal que, entre 1859 y 1863, había sumido al país en una profunda crisis. Este conflicto fratricida es heredero del conflicto original, de la Guerra de Independencia, y la Venezuela decimonónica parece que no puede levantar cabeza, no puede dar un salto a la madurez, las diferencias políticas, económicas y sociales siguen tomando el camino de las armas, no hay suficiente inteligencia para resolverlas en un escenario que no sea bélico: “Todos aquellos movimientos eran simplemente continuación de la misma lucha iniciada desde 1810, la propagación del mismo incendio, oculta a veces bajo las cenizas o elevando sus llamas hasta enrojecer el horizonte, pero implacable en su obra de devastación y nivelación”.

 No se puede perder de vista que este es el escenario de carencias y dificultades que marcan el nacimiento y los primeros años de vida de un niño, el primogénito de los seis hijos de Benigno María Hernández Manzaneda y Josefa Antonia Cisneros Mansilla24. La primogenitura le corresponde como consecuencia de la muerte del primer vástago del matrimonio Hernández-Cisneros25, una niña, María Isolina, que falleció en 1863, precisamente en los postrimerías de ese “enfrentamiento cainita” entre conservadores (godos) y liberales, que obligó a Benigno María y Josefa Antonia a buscar el sosiego de las tierras altas, en los valles bañados por los ríos Boconó y Motatán

Los primeros años de José Gregorio Hernández transcurre en un hogar formado por Benigno y Josefa quienes habían huido de la violencia en los años de la atroz Guerra Federal, para formar su hogar lejos de la barbarie que los amenazó cuando vivían en Pedraza, la Vieja, en el llano Barinés. Llegaron a Isnotú a fundar un hogar con el sudor de su frente y allí nace y transcurre su niñez y adolescencia. Trujillo era tierra de caudillos, jefes militares dueños de vidas y haciendas, ambiciosos de poder y codiciosos de riqueza; muy pobre, plagado de enfermedades, analfabetas la gran mayoría de la población. Benigno y Josefa Antonia adquieren en la calle principal del pueblo una casa de techo de palma, paredes de tapia y piso de ladrillos. En la parte que da a la calle montan la pulpería “La Gran Parada”, poco más tarde separan los medicamentos para organizar una botica y luego convierten unas habitaciones en posada, que les fue suficiente para asegurar una existencia modesta y educar a su numerosa prole.

Detrás estaban las habitaciones, corredores y el solar de los cochinos y las gallinas, las matas de café y una que otra de caña. En compañía de sus hermanitos la vida del niño transcurría de los aposentos a la cocina, de la pulpería al solar, del lejano pozo del riachuelo a las ramas de los mamoneros. Todos los días se rezaba el Santo

Rosario, cuando se podía participaban en la misa en Escuque o en Betijoque, y recibía las lecciones de su bondadosa madre y de su tía María Luisa, ambas amorosas y preparadas, y de su trabajador y emprendedor padre. El maestro de la escuelita del pueblo, Pedro Celestino Sánchez, fue su primer instructor, un viejo marino cargado de historias de un mar lejano y fabuloso. Entonces escribió sus primeras cuartillas en un cuaderno que tituló: “Modo Breve y Fácil para Oír Misa con Devoción” y la “Novena a Nuestra Señora de las Mercedes”. Estas notas prologales pretenden darle relevancia al ambiente familiar, que es donde se forma el carácter. Luego, viene lo demás, cuando aquel jovencito vuela hacia su destino.

En 1878, un José Gregorio Hernández ya en su primera juventud, pasa a completar su formación académica inicial en el Colegio “Villegas” de la ciudad Caracas. Una vez adquirida una sólida formación intelectual tanto en el ámbito de la humanidades como en el de las ciencias naturales, y terminado el bachillerato el 25 de mayo de 1882, seguirá estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela, que lo hace parte de su claustro y le otorga, primero, en 1888, el título de bachiller en ciencias médicas y, ese mismo año, luego de pasar con honores las evaluaciones correspondientes, el título de doctor en ciencias médicas, aprobado con lo que sería el equivalente al actual Summa Cum Laude.

Con las credenciales de doctor en medicina recién obtenidas, y siguiendo la tradición, José Gregorio Hernández, regresa a su terruño, a su Isnotú natal,  a poner sus conocimientos médicos y su afán de progreso al servicio de sus paisanos, Sobre lomo de caballo (y de vez en cuando sobre el de una mula), pero siempre bien vestido y a la moda, con traje, corbata y sombrero, como corresponde a un elegante gentleman, tal y como lo recuerda la mayoría de los venezolanos a través de sus fotografías y retratos, recorrió pueblos y caseríos en su lucha por atender a un pueblo venezolano que enfrenta los rigores de la tuberculosis, la lepra, la viruela o el sarampión, el tifus, o las enfermedades endémicas (chagas, leishmaniasis, malaria entre otras) y, así mismo, las consecuencias de la devastación dejada por la Guerra Federal y por las constantes guerras intestinas propias de ese desquiciado fenómeno histórico denominado caudillismo.

Para el momento en que el doctor Hernández Cisneros obtiene los laureles del doctorado por la UCV, quedaba perfectamente claro que su formación académica y especialmente la científica debía ser perfeccionada.

En tal sentido, en 1889 fue becado por el gobierno del Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, el cual decretó que, por cuenta del Gobierno, se le otorgara una subvención al joven médico venezolano, en atención a sus reconocidas aptitudes intelectuales y honestidad personal a los fines de que se trasladara a realizar estudios en Francia.

Con la certeza de que sus estudios vendrían a beneficiarlo, no solo a él en lo personal, sino a un país que requería los mejores médicos y científicos, viajó a París, epicentro del desarrollo de la biomedicina y, llegó a recibir una importante formación académica en las mejores cátedras y laboratorios de medicina experimental de la época, por ejemplo, las cátedras de fisiología de  Ricket,  la de histología y embriología de Duval y patología, experimental y comparada de Straus.

Terminados sus estudios en París, viajará a Berlín para estudiar Histología y Anatomía Patológica y seguir nuevos cursos de Bacteriología. En su periplo por Europa, le ayudarían no solo la bonhomía de su carácter sino sus conocimientos de francés, inglés, italiano, alemán, portugués y por supuesto latín. Sus campos de formación serán finalmente microscopía, histología (normal y patológica), bacteriología y fisiología experimental.

De regreso en Venezuela, en 1891, el doctor José Gregorio fue juramentado como profesor de la UCV por el rector Dr. Elías Rodríguez y asumió la jefatura de las recién creadas (por decreto presidencial) cátedras de Histología, Fisiología experimental y Bacteriología, esta última, la primera cátedra de este campo  creada en Latinoamérica.

El doctor José Gregorio también entrará a dirigir un Laboratorio de Medicina Experimental para estudios de Fisiología y Bacteriología, absolutamente necesario para desarrollar una investigación científica de calidad en estas áreas. Esto ocurrirá el 4 de noviembre de 1891 (previamente, el 2 de enero se había producido la inauguración del Hospital Vargas), bajo la presidencia del Dr. Raimundo Andueza Palacios. De hecho, el venerable Dr. Hernández traerá a Venezuela instrumentos para estos laboratorios, entre ellos obviamente microscopios, micrótomos y otros equipos requeridos en los procedimientos de la técnica histológica, con los cuales comenzará “la epopeya de su laboratorio”. En tal sentido, se puede decir que el Dr. José Gregorio Hernández viene a ser “el primer técnico histólogo y anatomopatólogo formal en Venezuela.

En 1906, un José Gregorio Hernández de 42 años, con un prestigio académico, científico, y un reconocimiento por su trayectoria médica, solicitó ante las autoridades del Ministerio de Instrucción Pública una jubilación anticipada al cargo de profesor, que le fue concedida no sin resistencia, pues era obvio que le quedaba mucho por dar.

En 1908, el doctor José Gregorio decidió abandonar la vida seglar, e ingresar a la Cartuja de Farneta (Certosa di Santo Spirito di Farneta) en Italia. En ese monasterio cartujo desarrollará una experiencia de vida monástica que será interrumpida en 1909, cuando por razones de salud, debe emprender el retorno. Ese año, y a solicitud del gremio de estudiantes, es restituido en las cátedras de Histología, Bacteriología y Fisiología Experimental.

Consciente de la necesidad de seguir actualizando sus conocimientos en un mundo donde la ciencia se encontraba dando pasos agigantados, en 1917 viajó a Estados Unidos y a Europa para completar estudios avanzados de Embriología e Histología, peroel estallido de la Primera Guerra Mundial75 solo le permitió llegar a Madrid.

Su intención original era obvia, volver a París y Berlín, para desarrollar la parte experimental de sus investigaciones en laboratorios mejor equipados, sin embargo, el destino lo llevó de vuelta a Norteamérica donde, desde la Universidad de Columbia y otras instituciones científicas de prestigio, pudo desarrollar experimentos cuyos resultados presentará en la Academia Nacional de Medicina de Caracas.

De regreso en Caracas, con datos experimentales en la mano, comenzó un análisis de resultados siguiendo rigurosamente el método científico y preparó las que serán sus últimas publicaciones, entre ellas el “Tratamiento de la tuberculosis pulmonar por medio del aceite de chaulmoogra”, pero también se enfrenta a uno de los grandes retos de su vida como médico y científico, la pandemia de la gripe española de 1918.

Superado el episodio de la gripe española, quizá uno de los más difíciles que enfrentó el Dr. José Gregorio Hernández en su carrera como médico, la fatalidad lo encontró ejerciendo la atención a un paciente. El 29 de junio de 1919, y a la edad de 55 años, con todo un mundo por delante en materia de investigación médica y experimental, el destino llegó a su encuentro en la forma de un automóvil Essex modelo 1918. El doctor José Gregorio, que se encontraba comprando el tratamiento para una paciente en la Botica de Amadores89, al salir se encontró con el tranvía eléctrico Plaza Bolívar-La Pastora, que estaba estacionado entre las esquinas de Amadores y Urapal y, cuando intentó cruzar la calle por delante del mismo, no se dio cuenta de que venía un vehículo sobrepasando el tranvía. El conductor, Fernando Bustamante, difícilmente pudo maniobrar en una calle angosta que no estaba preparada para el tráfico automotor, y envistió al venerable Dr. José Gregorio que sufrió un fuerte impacto que lo lanzó por el aire, golpeándose en su caída con la orilla de la acera; golpe que le fracturó la base del cráneo, provocándole una hemorragia interna, y finalmente la muerte, a pocos minutos de ingresar en el Hospital Vargas.

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